Cuando yo era soldado vi a un marinero abofetear a otro porque —dijo— «insultó a mi madre». Yo digo que mi Señor es insultado y su Iglesia menoscabada. Y ante esta doble injuria no puedo menos que reaccionar como hombre y como cristiano. La Iglesia tiene muchos enemigos, ¿puede mi espada quedar en la vaina? ¡Jamás!

Un avivamiento no es nada más que un nuevo comienzo de obediencia a Dios. Como en el caso de la conversión de los pecadores, el primer paso es un arrepentimiento profundo, que parta el corazón, y nos postre en el polvo delante de Dios, con verdadera humildad, y un abandono del pecado.

TAN ATRÁS EN EL TIEMPO como me llega la memoria, el corazón me ha ardido dentro de mi cada vez que he oído o leído relatos de la poderosa obra de Dios en los grandes avivamientos de años pasados. Los heroicos misioneros de la Cruz en tierras extrañas, y los solitarios hombres de Dios alrededor de los cuales se han centrado estas visitaciones de gracia, siempre han constituido una fuente de inexpresable inspiración en mi vida. David Brainerd, Adoniram Judson, Charles G. Finney, Robert Murray McCheyne —éstos y muchos otros han sido mis compañeros y amigos más cercanos.

Los he contemplado, escuchado, vivido con ellos, hasta que casi he sentido la atmósfera espiritual en que se movían. Sus pruebas y dificultades, sus oraciones y lágrimas; sus gozos y tristezas, sus triunfos gloriosos y logros victoriosos han hecho estremecer mi misma alma, y he caído sobre mi
cara y prorrumpido juntamente con el ~ profeta de la antigüedad: « ¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras! » .